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domingo, 26 de junio de 2011

Antonio Rivero Taravillo


El poeta y traductor Antonio Rivero Taravillo acaba de publicar el libro «Luis Cernuda. Años del exilio (1938-1963)» (Tusquets), que es la segunda parte del que apareció en 2008 —«Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938)»XX Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias.— y que supone el estudio más completo que se ha hecho nunca sobre su vida y su obra, dos elementos inseparables en el poeta sevillano.
Este segundo volumen sobre Cernuda surge de un ímprobo trabajo de investigación realizado por Rivero Taravillo, que no sólo ha estudiado todos los textos cernudianos de esta época, sino que también ha viajado a aquellos lugares que están íntimamente relacionados con su exilio, como Gran Bretaña, Estados Unidos y México. Además, el volumen, se adorna de una nutrida selección de fotografías de la época y otras que ha aportado el propio autor.
Acercarse a Cernuda no es fácil teniendo en cuenta que él mismo «fue su primer enemigo, sobre todo por su carácter introvertido y espinoso, lo cual le da una vida interior al poeta». En todo caso, Rivero Taravillo aclara que «mi intención no ha sido hurgar en su vida como un cotilla, sino que lo he hecho para iluminar su poesía». A este respecto, en todos los capítulos se reproducen numerosos poemas que contextualizan al lector con los distintos pasajes vitales del autor de «Perfil del aire».
Según comenta este experto en la obra cernudiana, «para la primera parte de este estudio me resultó muy útil ser sevillano para comprender mejor las circunstancias y matices, pero para este segundo volumen ha sido necesario viajar y recorrer los pasos que siguió el poeta. Era preciso sentir las mismas emociones que él sintió, esas sensaciones tan intensas, como la de estar bajo el follaje del árbol —el plátano de Emmanuel College, en Cambridge— y leer los poemas que Cernuda escribió en este lugar: «Mientras, en su jardín, el árbol bello existe / Libre del engaño mortal que al tiempo engendra»...«Eso me permite conocer mejor a Cernuda porque la empatía es mayor», aclara.
El libro recoge también algún pasaje poco conocido en la vida de Cernuda, como el referido a Salvador Alighieri, un culturista 28 años más joven que el autor de «La realidad y el deseo» y que fue su amor mexicano (Le dedicó la obra «Poemas para un cuerpo»). Rivero se entrevistó con él y éste le contó todos los recuerdos que guardaba del poeta, quien consideraba a Salvador su amor platónico.
Según Rivero, la vida y la obra son indisolubles en Cernuda, algo muy similar a lo que le ocurrió a Juan Ramón, quien «lo superaba en cuanto a la obsesión por su creación». A este respecto, matiza que «a Cernuda lo aleja de su obra su propia indolencia, que luego hizo que no se entregara tanto, pero él vivió para su poesía, ya que no tenía vocación como profesor, lo cual hizo para ganarse el sustento».
Desde ese exilio que le tocó vivir, Cernuda guardó siempre rencor a poetas tanto de su generación como de otras, (Juan Ramón Jiménez). Así, Antonio Rivero cuenta la anécdota que le refirió en México Paloma Altolaguirre, hija de Manuel Altolaguirre y Concha Méndez. Precisamente, ésta última —que acogió a Cernuda en su casa— invitó un día sin consultárselo a Emilio Prados, con quien no se hablaba desde hacía años: «Cuando lo vio, cogió su bandeja y se encerró en su habitación». También tuvo recelo de Jorge Guillén porque su primer poemario, «Perfil del aire», se vio en la estela del autor de «Cántico», algo que a Cernuda le molestó. «Con Pedro Salinas fue injusto porque éste lo favoreció desde su tutelaje inicial hasta abrirle puertas en las universidades», indica Rivero Taravillo. Cernuda le dedicó un poema en «Desolación de la quimera» que era como un ajuste de cuentas al autor de «La voz a ti debida».
A quien sí admiró Cernuda fue a Lorca, «con quien tuvo una gran sintonía». «El asesinato de Lorca le afectó muchísimo y fue una de las razones por las que no quiso volver a España», aclara.
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